La magia de lo efímero

Carlos Rojas Malpica

Copyright © Carmen Monje Solar

(2:45 minutos de lectura)

"La meta es el olvido. Yo he llegado antes". Jorge Luís Borges

   La palabra viene del griego ἐφήμερος, procedente de epi, “alrededor”, y hemera, “día”. Se tiene a lo efímero por fugaz, breve o de poco calado. Sin embargo, a veces lo efímero es profundo, a pesar o gracias a su brevedad. Hay instantes solemnes que parecen abrigar una eternidad y pueden ser ricos en intensidad y significado. Una mirada solo necesita tres segundos para provocar un corrientazo, elevar la temperatura o hacer arder la pólvora, pero en ese caso ya no es tan apropiado hablar de efímero. Es interesante examinar lo que queda en el alma después de lo perecedero y fugaz. A veces se recuerda sólo lo que nos hizo sentir el instante, no necesariamente la carga semántica que lo acompañó. Me ha ocurrido con la lectura de algunos poemas o después de escuchar algunas canciones. Sé que me produjeron un momento grato pero no los conservo en la memoria. Entonces, ese sentimiento vago y fugaz es lo que verdaderamente persiste en mi interior y me lleva a buscar de nuevo la lectura. Con la música es todavía más curioso, porque se puede añadir la sensación de lo desconocido, como cuando escuchamos una canción en un idioma extraño. 

 

   Algo queda de lo efímero que resulta encantador. No todo goce debe ser imborrable. Hay algo sublime en el olvido de lo efímero. También en la escritura, lo efímero puede ser un propósito. Lo trascendental puede ser lograr la vivencia del instante seguido  del recuerdo borroso. El olvido es un cementerio de objetos y situaciones preteridas. Tiene una función muy importante. Es necesario olvidar para que funcione bien la memoria. 

 

   La memoria es una facultad precaria y frágil. Mal constituida, vulnerable y difícil de ejercitar. Los nombres propios tienden a desaparecerse con los años. Puede ser aterrador sentir la desaparición de los contenidos mentales de la memoria.  Lo efímero comienza a ocupar un lugar central en la psicología de la vejez.  Van quedando las "representaciones fuertes", aquellas que en su constitución han logrado movilizar profundamente la biología, como la madre, el padre, los amores y los odios. No está demás señalar que una mascota puede alojarse como una representación fuerte en la subjetividad. Hace unos años ví una escena conmovedora en la película "Still Alice". Se trata de una profesora de lenguaje que padece una demencia cada vez más grave. El marido la toma de la mano con amor y ternura, ella le corresponde con una mirada y un gesto, igualmente amoroso y dulce.

   

   No puede recordar su nombre ni saber de quién se trata, pero sí puede reactivar el sentimiento de siempre, que no ha desaparecido, sino que permanece y se hace presente en el momento como una lejana fragancia. Las representaciones fuertes son las últimas en borrarse. Son el mecanismo mejor consolidado en la memoria. 

 

   Sin necesidad del tránsito hasta el deterioro neurocognitivo de los procesos demenciales, lo efímero puede también tener la belleza del sentimiento de Alice cuando responde con ternura a la caricia de su esposo. Si eso es todo lo que queda, se ha logrado trascender con éxito al interior de la vida sentimental. Para un poeta, es bastante con eso. El vago recuerdo sonoro de una siringa en la lejana Samarcanda. 

 

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