El grito y el selfie

Copyright © Carmen Monje Solar

   La angustia es el sentimiento que refleja magistralmente, El Grito (1893), la obra más conocida del extraordinario pintor Edvard Munch. Muchos han dicho que es testimonio de su inmensa y eterna soledad debida a la orfandad temprana, puesto que la madre murió cuando el artista tenía cinco años, seguida por la muerte de su padre y la de dos hermanos muy queridos, durante su adolescencia. Esa angustia prematura lo acompañó durante su edad madura, según muchos más, debido a la enfermedad mental de la única hermana que sobrevivió junto con él la devastación infligida a su familia por la bacteria causante de la tuberculosis, mortífera enemiga descubierta algunos años después. Tampoco lo ayudó a superar su angustia, sostienen otros, la persecución a la que desde 1940 los nazis sometieron a su persona y a sus obras una vez que se hicieron con el gobierno de su país, Noruega, persecución que se extendió por toda la Europa invadida. “Enfermedad, locura y muerte son los ángeles negros que me han acompañado desde la cuna”, se dice que Edvard repetía con frecuencia.  Sin embargo, debido a que una de cada siete personas perdía la vida a causa de la tuberculosis en la Europa que aún no había descubierto los antibióticos —una o dos prácticamente en todas las familias— la orfandad se propagaba dramáticamente, lo que tal vez ha podido inducirlo a una búsqueda frenética del amor. Su cuadro El beso atestigua, casi sin dejar dudas, que Munch encontró aquel sentimiento sublime que nace de la unión total de dos personas para coexistir simultáneamente como si fuese uno… Es por ello que cobra sentido lo asegurado por Guilia Bartrum, curadora de grabados germánicos del Museo Británico, quien encontró, en la litografía en blanco y negro de ese inquietante cuadro, una inscripción escrita por el artista que reza : "Sentí el gran grito en la naturaleza” (BBC News Mundo, 22 de marzo de 2019). Estamos a todas luces ante un artista con una capacidad notable para revelarnos no solo los sentimientos profundos que nacen en la psiquis humana, sino el urgente llamado del mundo natural. Una llamada de auxilio que pudo escuchar Munch hace casi un siglo y que de haber podido contar con la tecnología de los móviles y los selfies le hubiese sido más fácil trasmitirla a sus contemporáneos —y tal vez hubiese podido ponerle algún freno o introducir algunos cambios en la Revolución Industrial que estaba teniendo lugar—. De haberlo podido hacer, con seguridad hoy pudiésemos descifrar con más claridad la llamada de auxilio del mundo natural. O, tal vez, la naturaleza, no hubiese recibido la herida de muerte.

 

Copyright©Karin van Groningen Chiriboga

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